Por qué es tan importante diseñar cubrebocas que nos permitan sonreír

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Sonreír es una poderosa forma de comunicación humana, un lubricante social y un mapa que nos permite conocer a fondo qué sienten los demás.

El cubrebocas llegó para quedarse. Desde que se comprobó su eficacia para reducir contagios, la mitad inferior del rostro desapareció de la vida pública y es muy probable que así sea durante mucho tiempo.

El efecto secundario más llamativo del uso generalizado de cubrebocas es la ausencia de sonrisas.

Incluso en los lugares que poco a poco están saliendo de la pandemia y retomando las actividades cotidianas, la parte de la cara que va del tabique nasal hasta la barbilla seguirá oculta bajo un entramado de patrones, texturas y colores que buscan sustituirla amablemente, todo mientras no exista una vacuna o cura efectiva contra el coronavirus.

Y aunque este fenómeno pueda parecer completamente irrelevante comparado con la crisis de salud pública en curso, lo cierto es que los humanos perdemos mucho más que comodidad al ocultar la sonrisa tras un cubrebocas.

Como ningún otro ser vivo, los humanos desarrollamos un sinfín de canales de comunicación constante y las expresiones faciales son el punto más alto de comprensión no verbal cuando estamos frente a otras personas.

Expresamos emociones y estados de ánimo a través del habla, pero los detalles más finos de ese mensaje, los puntos que dejan clara la intencionalidad y nos permiten conocer a fondo la intención del emisor ocurren en la cara, principalmente en la gesticulación relacionada con la sonrisa.

Foto: Getty Images

La sonrisa, ¿un acto cultural o genético?

Para David Matsumoto, profesor de psicología en la Universidad de San Francisco experto en comunicación no verbal, la sonrisa rebasa los aspectos culturales de las sociedades: desde su óptica, sonreír es una condición innata y por lo tanto, es parte de un lenguaje universal que está escrito en nuestro ADN.

En una investigación de 2008, Matsumoto comparó las expresiones faciales de atletas olímpicos videntes e invidentes (ciegos de nacimiento) cuando pasaban por algunos de los momentos más intensos de la competencia como la victoria, la derrota y los sentimientos de orgullo, satisfacción o tristeza que de ellas se desprenden.

El equipo de Matsumoto descubrió una correlación casi perfecta en las expresiones faciales de ambos grupos de atletas con un especial énfasis en la sonrisa. A pesar de que los atletas invidentes no tuvieron forma de conocer las expresiones de otras personas de manera visual y aprender a imitarlas, éstas eran increíblemente parecidas a las de los demás competidores.

Esta reflexión lo llevó a considerar la importancia de un gesto universal, al que llama sonrisa social y define como aquella expresión que no involucra al resto de músculos de la cara como los ojos y pómulos, solo a la comisura de los labios.

Matsumoto considera que este gesto es un poderoso lubricante social que facilita la interacción entre desconocidos, al grado de que funciona para mantener la cohesión social, contribuye a la empatía y es esencial en actividades como el comercio y los servicios.

La sonrisa social se utiliza de forma permanente: desde saludar a los vecinos hasta subir al transporte público, al momento de ordenar en un restaurante, hacer las compras o cuando compartes elevador.

En un momento histórico como el presente, sonreír y captar sonrisas no sólo es necesario para entendernos mejor, también para generar empatía y provocar emociones positivas.

Y aunque parezca una fórmula llena de buenos deseos, en realidad parte de un sustento científico: sonreír libera endorfinas, dopamina y serotonina, neurotransmisores relacionados con la satisfacción y felicidad, al tiempo que produce un bajón en los niveles de cortisol y por lo tanto, del nivel de estrés.

De ahí que las propuestas cada vez más diversas para crear cubrebocas eficientes y seguros, sean igual de importantes que los diseños capaces de mostrar una sonrisa, aunque sea a través de un plástico o textil.

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Incluso en los lugares que poco a poco están saliendo de la pandemia y retomando las actividades cotidianas, la parte de la cara que va del tabique nasal hasta la barbilla seguirá oculta bajo un entramado de patrones, texturas y colores que buscan sustituirla amablemente, todo mientras no exista una vacuna o cura efectiva contra el coronavirus.

Y aunque este fenómeno pueda parecer completamente irrelevante comparado con la crisis de salud pública en curso, lo cierto es que los humanos perdemos mucho más que comodidad al ocultar la sonrisa tras un cubrebocas.

Como ningún otro ser vivo, los humanos desarrollamos un sinfín de canales de comunicación constante y las expresiones faciales son el punto más alto de comprensión no verbal cuando estamos frente a otras personas.

Expresamos emociones y estados de ánimo a través del habla, pero los detalles más finos de ese mensaje , los puntos que dejan clara la intencionalidad y nos permiten conocer a fondo la intención del emisor ocurren en la cara, principalmente en la gesticulación relacionada con la sonrisa. La sonrisa, ¿un acto cultural o genético?

Para David Matsumoto, profesor de psicología en la Universidad de San Francisco experto en comunicación no verbal, la sonrisa rebasa los aspectos culturales de las sociedades: desde su óptica, sonreír es una condición innata y por lo tanto, es parte de un lenguaje universal que está escrito en nuestro ADN .

En una investigación de 2008, Matsumoto comparó las expresiones faciales de atletas olímpicos videntes e invidentes (ciegos de nacimiento) cuando pasaban por algunos de los momentos más intensos de la competencia como la victoria, la derrota y los sentimientos de orgullo, satisfacción o tristeza que de ellas se desprenden.

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Esta reflexión lo llevó a considerar la importancia de un gesto universal , al que llama sonrisa social y define como aquella expresión que no involucra al resto de músculos de la cara como los ojos y pómulos, solo a la comisura de los labios.

Matsumoto considera que este gesto es un poderoso lubricante social que facilita la interacción entre desconocidos, al grado de que funciona para mantener la cohesión social, contribuye a la empatía y es esencial en actividades como el comercio y los servicios.

La sonrisa social se utiliza de forma permanente : desde saludar a los vecinos hasta subir al transporte público, al momento de ordenar en un restaurante, hacer las compras o cuando compartes elevador.

En un momento histórico como el presente, sonreír y captar sonrisas no sólo es necesario para entendernos mejor, también para generar empatía y provocar emociones positivas.

Y aunque parezca una fórmula llena de buenos deseos, en realidad parte de un sustento científico : sonreír libera endorfinas, dopamina y serotonina, neurotransmisores relacionados con la satisfacción y felicidad, al tiempo que produce un bajón en los niveles de cortisol y por lo tanto, del nivel de estrés.

De ahí que las propuestas cada vez más diversas para crear cubrebocas eficientes y seguros, sean igual de importantes que los diseños capaces de mostrar una sonrisa, aunque sea a través de un plástico o textil.

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