Así es como la moda ha servido históricamente para el distanciamiento social

Así es como la moda ha servido históricamente para el distanciamiento social

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Einav Rabinovitch-Fox, Case Western Reserve University

(THE CONVERSATION) Mientras el mundo lidia con la pandemia de COVID-19, las palabras distanciamiento social se han puesto de moda en estos tiempos extraños.

En lugar de almacenar alimentos o ir al hospital, las autoridades afirman que el distanciamiento social – aumentar deliberadamente el espacio físico entre las personas – es la mejor forma en que la gente común puede ayudar a “aplanar la curva” de contagios y detener la propagación del virus.

Puede que la moda no sea lo primero que nos viene a la mente cuando pensamos en estrategias de distanciamiento. Pero como historiadora que escribe sobre los significados políticos y culturales de la ropa, sé que la moda puede jugar un papel importante en el proyecto de distanciamiento social, ya sea que el espacio creado ayude a resolver una crisis de salud o aleje a los pretendientes molestos.

La ropa ha servido durante mucho tiempo como una forma útil de mitigar el contacto cercano y la exposición innecesaria. En esta crisis actual, los cubrebocas se han convertido en un accesorio de moda que indican “mantente alejado”.

La moda también resultó ser útil durante epidemias pasadas, como la peste bubónica, cuando los médicos usaban máscaras puntiagudas con forma de pico de pájaro como una forma de mantener su distancia de los pacientes enfermos. Algunos leprosos se vieron obligados a usar un corazón en su ropa y ponerse campanas o badajos para advertir a otros de su presencia.

Sin embargo, la mayoría de las veces, no se necesita una pandemia mundial para que las personas quieran mantener a otros a distancia. En el pasado, mantener la distancia, especialmente entre géneros, clases y razas, era un aspecto importante de las reuniones sociales y la vida pública. El distanciamiento social no tenía nada que ver con el aislamiento o la salud; se trataba de etiqueta y clase. Y la moda fue la herramienta perfecta.

Piensa en la crinolina de la era victoriana. Esta falda grande y voluminosa, que se puso de moda a mediados del siglo XIX, se utilizó para crear una barrera entre los géneros en los entornos sociales.

Si bien los orígenes de esta tendencia se remontan a la corte española del siglo XV, estas voluminosas faldas se convirtieron en un marcador de clase en el siglo XVIII. Solo quienes tenían el privilegio de evitar las tareas del hogar podían usarlas; necesitabas una casa con suficiente espacio para poder moverte cómodamente de una habitación a otra, junto con una ayudante que te ayudara a ponerla. Cuanto más grande era tu falda, mayor será era estado.

En las décadas de 1850 y 1860, más mujeres de clase media comenzaron a usar la crinolina a medida que las faldas de aro enjauladas comenzaron a producirse en masa. Pronto, la crinolimania barrió el mundo de la moda.

A pesar de las críticas de los reformadores de la vestimenta que lo vieron como otra herramienta para oprimir la movilidad y la libertad de las mujeres, la gran falda de aro era una forma sofisticada de mantener la seguridad social de las mujeres. La crinolina ordenaba que un posible pretendiente, o peor aún, un extraño, se mantuviera a una distancia prudencial del cuerpo y el escote de una mujer.

Aunque estas faldas probablemente ayudaron inadvertidamente a mitigar los peligros de los brotes de viruela y cólera de la época, las crinolinas podrían ser un peligro para la salud: muchas mujeres murieron quemadas después de que sus faldas se incendiaran. En la década de 1870, la crinolina dio paso al bustle, que solo enfatizaba la falda en la parte posterior.

No obstante, las mujeres continuaron utilizando la moda como arma contra la atención masculina no deseada. A medida que las faldas se estrecharon en la década de 1890 y principios de 1900, los sombreros grandes y -lo que es más importante- los alfileres de los sombreros, que eran agujas de metal afiladas que se usaban para sujetarlos al cabello, ofrecieron a las mujeres la protección contra los acosadores que alguna vez dieron las crinolinas.

En cuanto a mantenerse saludable, la teoría sobre los gérmenes y una mejor comprensión de la higiene llevaron a la popularización de las máscaras, muy similares a las que usamos hoy, durante la gripe española. Y aunque la necesidad de que las mujeres se mantuvieran alejadas de los pretendientes molestos siguió, los sombreros se usaban más para mantener intactas las máscaras que para alejar a los extraños.

Hoy, no está claro si el nuevo coronavirus dará lugar a nuevos estilos y accesorios. Quizás veamos el surgimiento de formas novedosas de ropa protectora, como el “escudo portátil” que desarrolló una empresa china.

Pero por ahora, parece más probable que sigamos en pijama.

Este artículo fue traducido por El Financiero.

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